La Declaración Universal de los Derechos Humanos celebra sus 60 años de existencia envuelta en un halo de frustración. Seis décadas después de su aprobación, continúa el atropello de poblaciones vulnerables, perviven más de 80 conflictos olvidados en el planeta y gran parte de la prensa se mueve en una esfera de intereses y egocentrismo que camufla la esencia de su labor. Las más de las veces, la independencia de los reporteros free lance, tradicionalmente los más libres, está en cuestión por las amenazas y chantajes del poder.
En una coyuntura en que abunda el periodismo de carril, ahora que las tensiones geopolíticas vuelven a recrudecer la cotidianeidad de tantas almas… Ahora es más que nunca perentorio que los profesionales de la información reflexionemos sobre el fin, y cabe que los medios, de nuestra labor.
Algo se ha debatido sobre la necesidad de un Manifiesto sobre Periodismo y Derechos Humanos.Hay quienes han incidido en que su contenido redunda en la evidencia. Hoy, sin embargo, esta declaración es más que nunca necesaria.
El pasado 20 de julio, durante el XII Encuentro Internacional de Fotoperiodismo de Gijón, un grupo de informadores redactó y rubricó ese manifiesto. Entre éstos figuran trayectorias encomiables como la de Enrique Meneses, Karen Marón, Walter Estrada, Ali Hussain, Eduardo Márquez, Jesús Abad Colorado, Patricia Simón, Rosa Jiménez Cano y el mismo Javier Bauluz, impulsor del evento…
Otros compañeros les siguieron a través de la Red, sumándose a esa declaración de principios con la ayuda que brindan las herramientas tecnológicas de hoy día. Olga Rodríguez, Fernando Berlín, Diego Cruz, Sonia Blanco, quien esto locuta y así hasta 102 adhesiones. Todos nos declaramos militantes de los derechos humanos.
Los firmantes nos comprometimos a cumplir con un breve decálogo de responsabilidades y a tenerlas presentes en nuestro desempeño profesional. A saber:
1. Hacer de la Declaración Universal de los Derechos Humanos el techo sobre el que cobijarse en su profesión.
2. Imprimir las bases para el desarrollo de la Democracia, a través del papel, las ondas, la imagen o lo digital.
3. Denunciar sin ambages los atropellos contra el derecho a vivir dignamente y con la legitimidad que otorga el tener dos pies clavados sobre esta tierra.
4. Ennoblecer las herramientas tecnológicas, porque gracias a ellas muchos periodistas han escapado a la censura allá donde los autócratas mandan callar.
5. Trabajar desde la honestidad, anteponiendo el discurso del vulnerable al del poderoso.
6. Reclamar medios, económicos y de seguridad, que garanticen la independencia de los profesionales. Ya que, como lee este manifiesto, los periodistas no podrán ejercer su labor si sus propios derechos humanos son vulnerados.
Con periodistas atenazados por los grupos de poder, convertidos en sus jefes de prensa, ninguna de estas premisas es viable.
El mayor daño que el periodismo puede hacer a la sociedad es la autocensura. Los enemigos internos de la libertad de información, sus fantasmas íntimos, son a veces más efectivos que los externos.
Si no lo contamos, no existe, reza una campaña de Reporteros Sin Fronteras.
Los periodistas somos la voz de quienes, aunque la poseen y estarían dispuestos a alzarla sin miramientos, carecen de las herramientas para hacerse oír. Somos los ojos de a quienes no les alcanza el periscopio y de aquellos otros que desaprendieron a mirar en derredor.
Esta es una profesión de servicio público. Tanto más o tanto menos válida que la de vender billetes en el metro o atender un puesto de información.
Si la soberbia y el servilismo empañan nuestra esencia, hemos fracasado como profesionales igual que se habla de fracaso de la Declaración de los Derechos Humanos
Tengo un amigo, periodista, curtido él en más de 30 conflictos internacionales, que dice que su religión son los Derechos Humanos. Conozco otros tantos que sin etiquetarse en uno u otro bando defienden a muerte su profesión como servicio público.
Muchos ni siquiera lo saben. Son los más. Periodistas locales que se exponen a diario para narrar al mundo lo que acontece en su región. Es el caso del camarógrafo palestino Fadel Shana, que murió tiroteado por tropas israelíes el pasado abril. Es el caso de los 22 profesionales retenidos en Cuba, el de los 80 periodistas encarcelados en China, el de los cerca de 70 informadores españoles que trabajan con protección ante las amenazas de la banda terrorista ETA. Es el clima de intimidación que vive la profesión en Colombia, la imposibilidad de ejercer en Eritrea o la horca que pesa sobre los medios en Irán. Sin su trabajo, desconoceríamos las violaciones a los derechos humanos en sus lugares de origen.
Resulta machacón decir que los ciudadanos del siglo XXI debemos anteponer el respeto por la democracia, la libertad y la justicia social, a toda religión o bandera. Igual que es una obviedad que los periodistas somos figuras privilegiadas de la ciudadanía, porque gozamos de una plataforma desde la que transmitir cuando el mundo enmudece. Con todo, nunca está de más recordarlo.
Espero que este post sirva para un buen debate en Enredados.
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1 comentarios:
Chapeau, querida Mart, chapeau. Qué bonito que una mujer joven hable de la vocación de servicio público del Periodismo :-)
Javier
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