El pasado sábado, la organización en defensa de la libertad de prensa Reporteros Sin Fronteras emitía un informe acerca de la situación de vulnerabilidad de los periodistas amenazados en territorio europeo. Muchos de ellos, como los españoles que se encuentran bajo la mira de ETA, viven con un escolta pegado al culo. Aunque limitado -y mucho-, el enfoque que presenta el estudio es en cierto modo novedoso. Hasta ahora, como en tantas otras esferas de esta realidad que habitamos, tendíamos a considerar que lo más duro, lo más desgarrador, denunciable y despiadado sólo sucedía fuera de nuestras blindadas fronteras comunitarias.
Revuelve, pero no sólo hay periodistas acá que las pasan putas para ejercer su trabajo. Que se dejan la piel, la familia, los amigos y los enemigos -pues tener un círculo delimitado y constante de éstos también protege-, sino que son otros muchos colectivos que sufren una presión subterránea. Por momentos, más chupavidas que una ataque directo. No hace falta mencionarlos. Los vemos en la calle cada día. Caminen un poco más lento. Sin vergüenza. Seguro que la retina se los refleja. Y no hablo sólo de indigentes, sin techo, chavales subsaharinos. Hablo del vecino de enfrente, el colega, el friki...
La semana pasada me compré unas gafas. Paso mucho tiempo frente al ordenador y, en ocasiones, creo que mis problemas de concentración obedecen a un déficit de visión. Se me escapan cosas. Creo que sólo me justifico proporcionándome esta explicación. Tampoco consigo centrarme en lo que sucede en mi entorno. ¿Será que necesito otros anteojos?
Puede que no siempre la vista se nos touerza o nuestros ojos carguen con demasiado agotamiento. A veces, la realidad resulta más dura allá. Donde están lejos. Acabo de conocer que la periodista Claudia Julieta Duque, corresponsal de Radio Nizkor renuncia a la escolta facilitada por el Gobierno de Álvaro Uribe tras conocer la existencia de informes internos que sus escoltas supuestamente remitían al Departamento Administrativo de Seguridad (DAS).
Cuídate, Claudia
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